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Libro: En las fuentes de la alegría con San Francisco de Sales

Libro: En las fuentes de la alegría con San Francisco de Sales

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Formato Tapa Blanda
Número de páginas 315

Francisco nació el 21 de agosto de 1567 en el Castillo de Sales, en Saboya. Su madre, Francisca de Sionnaz, aún no había cumplido los dieciséis años; su padre contaba alrededor de cuarenta y cinco. Tal desproporción, que ahora nos parece extraña, no asombraba en absoluto en aquella época; y quizá esté ahí la fuente secreta de la gracia ingenua, del candor del alma, de la delicadeza y frescura de sentimientos que concurrieron en el futuro obispo de Ginebra, junto a la madurez de espíritu, prudencia y ponderación de juicio.

En el colegio de Clermont, dirigido por los jesuitas, siguió los cursos de célebres maestros; estudió retórica y filosofía y, por elección propia, griego, hebreo y teología. Como su padre «había pedido al Sr. Déage que su hijo aprendiera todo lo que era propio de la nobleza», Francisco tuvo además que dedicarse a la esgrima, la equitación y la danza. Estos ejercicios le ayudaron en su desarrollo físico de adolescente, confiriéndole una agilidad de movimientos, una soltura y una gracia, que más adelante contribuyeron a su poder de atracción. Mas por entonces una prueba íntima, con su fuerza purificadora, templó esta alma dilatándola para siempre en la alegría de la amistad divina:
En aquella época se discutía apasionadamente en las Escuelas el problema de la predestinación. La doctrina que sostenía la vieja Sorbona, pretendiendo apoyarse en san Agustín y santo Tomás —a quienes excedía y deformaba—, era que por una decisión absoluta de su voluntad soberana, Dios destinaba a los hombres a la salvación o a la condenación sin tener en cuenta sus méritos. ¡Qué angustia para el corazón de Francisco! ¿Cómo estar seguro de no encontrarse entre aquellos a los que la voluntad divina condena a las penas eternas y a la privación perpetua del amor de Dios? ¿Es realmente así como Dios manifiesta su misericordia para con los que destina a su gloria y su justicia para los que condena?
Para no caer en la desesperación, Francisco tuvo que sostener una lucha extenuante. Su salud se resintió por ello, y el trabajo excesivo a que se había sometido en sus estudios le agotó, hasta el punto de que al principio ni siquiera lograba ver cuánto más conforme era a la sabiduría y a la bondad divinas la opinión de los jesuitas, que, aun manteniendo la gratuidad de la predestinación —puesto que la elevación al orden sobrenatural sobrepasa las fuerzas naturales—, pone de relieve los méritos y deméritos de los hombres, que Dios tiene previstos, y según los cuales Él predestina a la gloria o al castigo.
Francisco estudiaba las razones, sopesaba los motivos que le movían a abrazar una u otra tesis, pero no conseguía decidirse. Este desconcierto tan cruel no podía calmarse solo mediante el razonamiento. Además, Francisco no había cesado de invocar el auxilio de lo alto. Y un día, al entrar, según su costumbre, en la iglesia de Saint-Etienne des Grés, se arrodilló a los pies de la imagen de la Virgen, cogió una tablita que estaba colgada en la balaustrada de la capilla y leyó en ella la oración «Acordaos, oh piadosísima Virgen María…». Inmediatamente desapareció la duda. La luz divina alumbró su espíritu y cautivó su mente, madura ya tras esa dolorosa lucha de seis semanas. En agradecimiento, «consagró a Dios y a la Virgen su virginidad, y, en memoria y testimonio de esto, se comprometió a rezar el rosario todos los días de su vida».
Esta crisis fue decisiva en la vida de Francisco. Además de fortalecer su profunda devoción a la Virgen, lo afianzó en el optimismo, al que se sentía inclinado por temperamento, y lo confirmó en la confianza y abandono filial en Dios, a los que le impulsaba su alma. Este optimismo, esta gozosa confianza, iluminarán más tarde su dirección espiritual.

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