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Libro: Carta a Diogneto (Traducido y con notas)

Libro: Carta a Diogneto (Traducido y con notas)

Precio habitual $31.800 CLP
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Formato Tapa Blanda
Número de páginas 70

Esta nueva edición de la Carta a Diogneto incluye: Notas aclaratorias esenciales. Traducción inédita a cargo de Don Alfonso Cornejo Cruz.
No sería difícil enumerar una larga lista de paralelismos entre la Roma pagana del Siglo II y nuestras actuales sociedades occidentales. Hoy muchos confunden espiritualidad con superstición, se presenta a la familia tradicional como un retroceso, se desprecia el valor de la vida humana desde el primer instante de su concepción, se confunde lo que es moralmente aceptable con los amplios márgenes que en tantos asuntos permiten nuestras leyes, y se combate, en nombre de la libertad, a todo aquel que se resista a la corriente imperante donde estas mismas leyes se estrechan y los cercan. La mera presencia de una cruz levanta reacciones airadas, el Dios cristiano no sólo es expulsado incluso de sus propias fiestas, sino que es también apresado en las nuevas catacumbas de la cancelación; nuestras propias celebraciones son asaltadas por personas que hacen de la exhibición de su cuerpo un instrumento de violencia contra las familias creyentes, y la cárcel ya amenaza a quienes meramente citen en voz alta ciertos pasajes de las Sagradas Escrituras, o apelen a la biología, a la Historia, a la Filología, o incluso a la Lógica y la Razón.

Es más, ¿no son a veces algunos cristianos los que -sin renunciar a su nombre- se entregan al criterio del mundo cuando hablan de ciertos temas? En esto estamos peor que en el Siglo II. La Carta a Diogneto fue escrita entonces para “los de fuera”, pero hoy es muy necesaria su lectura empezando por “los de dentro”, aún más, para provecho de nosotros mismos.

¿Quién escribió esta Carta? Quien quiera entretenerse en curiosas especulaciones no hará daño a nadie, mientras que respete que su autoría hoy, con los datos que tenemos, no se puede demostrar. Pero lo más importante es que es un escrito que no exige la autoridad de ninguna firma, ya que todo lo que en ella se expresa se afirma desde la verdadera Fe, sin traer al debate argumentos novedosos, siendo su principal valor que podríamos afirmar de ella que ofrece una imagen auténtica plasmada por la propia Iglesia primitiva de sí misma, esa Iglesia perseguida y martirial del Siglo II, consciente de que lo peor aún estaba por llegar, pero ejemplar en sus miembros hacia la misma sociedad que la perseguía, siendo al mismo tiempo fuente de esperanza para la humanidad.

¿Y qué es lo que enseña esta Carta? Si acudimos a las propias palabras del autor en el capítulo primero, pretende ante todo dar respuesta a tres interrogantes, aunque para ello despeje muchos más: ¿Cómo es el Dios cristiano que tanto convencimiento suscita entre sus fieles que ni temen el martirio? ¿En qué se diferencia la Fe cristiana del paganismo y del judaísmo, y por qué, si afirman que es la Fe verdadera, es tan novedosa y no antigua? Y… ¿De dónde viene la mutua caridad que se profesan los cristianos?

Pero si por algo ha pasado este texto a la Historia no ha sido por la solidez de sus respuestas a una serie de cuestiones teóricas, que bien se confirman y ratifican desde el mismo Magisterio de la Iglesia, sino por ser una “cata de tierra” para el conocimiento de la actitud y la vida de los cristianos en aquellos duros momentos privilegiados de la Historia.

Permítanme promover su lectura no presentándola como una carta digna de haber sido leída, sino como un texto de cabecera al que poder acudir continuamente y con el que combatir tantos desórdenes entre los de dentro -comenzando por nosotros mismos- y situarnos ante el mundo con esa actitud que el Concilio Vaticano II, en Nostra Aetate, nos exigía para hacer creíble nuestro testimonio ante quienes estamos llamados a presentar nuestra Fe y ser motivo de Esperanza por el testimonio de nuestra Caridad, por la que nos habrán de reconocer según el expreso deseo de nuestro Maestro.

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